Cada cuatro o cinco meses abro un espacio en vivo que para mí es necesario: un taller donde hablamos, sin filtro, de todo eso que pasa después del nacimiento y que casi nadie te cuenta. Se llama “Lo que pasa en el postparto… no queda en el postparto” y no es casual el nombre. Porque si algo queda claro cada vez que lo doy, es que el postparto es una etapa en sí misma, intensa, movilizante y muchas veces completamente inesperada.
Ayer, mientras lo estaba dando, pasó algo simple pero muy significativo. En el chat apareció un mensaje: “Flor y Alejo de este lado”. Así, sin vueltas. Dos nombres, juntos, del mismo lado de la pantalla.
En un contexto donde la mayoría de estos espacios siguen siendo habitados casi exclusivamente por mujeres, ese gesto dice mucho más de lo que parece. Porque no es solo que Flor estaba preparándose para lo que viene, era Alejo también eligiendo estar ahí, escuchando, entendiendo, involucrándose en una etapa que muchas veces se vive en soledad o, en el mejor de los casos, con una compañía que no siempre sabe bien cómo acompañar.
Hay algo que todavía necesitamos decir más claro: el nacimiento de un bebé no es solo un momento médico que hay que atravesar, es una experiencia profundamente física, emocional y vulnerable. Y en ese escenario, donde el cuerpo de la mujer está haciendo un trabajo enorme y la cabeza muchas veces no logra procesar todo lo que pasa en tiempo real, la figura del acompañante se vuelve central
No alcanza con estar. Acompañar no es ocupar una silla ni esperar indicaciones. Acompañar implica entender qué está pasando, conocer los deseos de esa mujer, haber hablado antes, haber escuchado. Porque en ese momento, el acompañante (que en la mayoría de los casos es la pareja) pasa a ser, muchas veces, el vocero de lo que ella quiere y necesita. Es quien puede hacer preguntas, frenar intervenciones innecesarias, pedir tiempo, recordar acuerdos. Es quien vela por sus derechos cuando ella no está en condiciones de hacerlo.
Por eso el plan de parto no es un capricho ni un documento simbólico. Es una herramienta concreta que ordena, anticipa y deja registro de decisiones importantes. Pero sobre todo, es un punto de encuentro entre la mujer y quien la acompaña. Porque de poco sirve escribirlo si la persona que está al lado no lo conoce, no lo entiende o no se siente parte de eso.
Y acá es donde aparece algo que todavía falta construir: acompañantes que se involucren de verdad. Que no lleguen al nacimiento como espectadores, sino como parte activa de ese proceso. Que sepan que después no viene solo “la parte linda”, sino un postparto intenso, movilizante, muchas veces desbordante, donde su rol vuelve a ser clave.
Hay un cambio cultural que ya empezó, pero que necesita más impulso. Necesitamos más Alejos conectándose a talleres, más preguntas incómodas, más ganas de entender lo que le pasa a una mujer en el postparto, más presencia real. No desde la exigencia de hacerlo perfecto, sino desde la decisión de estar de una manera más consciente. Porque cuando eso pasa, cuando hay alguien que acompaña de verdad, la experiencia cambia. Cambia cómo se transita el nacimiento, cambia cómo se vive el después y cambia, sobre todo, la sensación de estar sostenida en uno de los momentos más transformadores de la vida.
Que “Flor y Alejo de este lado” deje de ser algo que llama la atención y pase a ser, simplemente, lo esperable.
Nota Publicada en la Revista Ohlalá digital el día 26/03/26.
